
CRÓNICA
Vidas anónimas: Migración y olvido.
ROBOTINA MARGARITA
En un día de primavera de esos en los que el ardor del sol quema casi atravesando la piel pero aún se alcanzan a sentir ligeras caricias de aire fresco en el rostro, después de un largo recorrido en coche, nos estacionamos, el destino: un albergue de trabajadores migrantes agrícolas de los productivos valles de Navolato.
Todavía pensativos y temerosos, tras unos minutos y una corta platica fundamentada solo en preguntas _ ¿Qué onda nos bajamos o no? ¿Crees que nos dejen entrar?_ y cosas por el estilo, bajamos uno por uno, una de las acompañantes temerosa se acerca a la puerta, a lo lejos alcanza a distinguir a un hombre a quien grita insistentemente con la intención de ser atendida _ ¡Señor, buenas tardes!_ mientras, se cubría del sol bajo un árbol.
Se queda parada en la puerta esperando respuesta y ve como esa persona de aspecto desaliñado cubierto en polvo por las fuertes oleadas de viento repletas de tierra la mira indiscreto.
El señor se acerca y con acento sureño muy marcado le dice _ ¡buenas tardes seño! ¿Qué anda buscando por acá?_ la joven le pregunta _ ¿Quién es usted?_ a lo que el hombre responde _yo soy el campero_ y se acerca un poco más.
Aun desconfiada por su inexperiencia y tratando de ocultar el verdadero motivo que la condujo hasta ahí, le explica tranquilamente_ mire señor yo vengo de la universidad a hacer una investigación sobre las diferentes etnias indígenas que trabajan en los valles de los alrededores y me gustaría que me dejara pasar para hacer unas entrevistas_ el campero se levanta y se acomoda la gorra un par de veces como pensando en si será buena idea acceder y dejarla entrar, entre tantas excusas le dice: _mire señorita la verdad es que como ya estamos terminando la temporada no hay tanta gente y la verdad no creo que quieran responder sus preguntas_ finalmente nos dejan entrar e inmediatamente el peso de las miradas cae sobre cada uno de nosotros.
Pies descalzos, niños desnudos, cubiertos de tierra jugando con artefactos que parecían sacados de la basura, mujeres tallando sus ropas e intentando sacar esa mugre que pronto se limpiaría con el agua, el olor a podrido, cuartos en serie repletos de gente que se aferran celosamente a su espacio, miradas acusadoras, como preguntando ¿Por qué tú llevas buena ropa y yo no? Pero sobre todo esa sensación de estar en un lugar desconocido, en una realidad diferente como en otro país en donde el discriminado ahora se siente invadido y te reta…
A la defensiva responden los saludos, otros simplemente callan y voltean su rostro, los niños se acercan haciendo muecas, tratando de llamar la atención.
Comienzan las preguntas; la entrevista; la investigación... El campero decide quien puede contestar las preguntas, nos dice; “vayan con doña Felipa ella seguro está ahí en su cuarto”.
Caminamos hacia la casa de doña Felipa, desde metros atrás alcanzamos a percibir el olor a humo y maíz cocido de las tortillas.
Llegamos, nos presentamos, la saludamos: _ ¿Cómo esta doña Felipa? Venimos a ver si nos puede ayudar contestando unas preguntas_ tímidamente la mujer sin dejar sus tareas por lo menos un momento y con la cabeza agachada nos responde que “si”.
Tontamente iniciamos amistosamente, cuidadosos, como si se tratara de alguien diferente, de una persona con poco entendimiento, como si el hecho de tener otras condiciones de vida marcara una línea con tinta roja de la más chillante para pensar quién es el que se encuentra en peor condición…
Y entonces comenzaron las preguntas: _ ¿De dónde es? ¿Cuánto tiempo tiene trabajando en este lugar? ¿Habla español? _ de los silencios o respuestas entrecortadas iban surgiendo nuevas contestaciones que poco a poco se transformaban en quejas, como llamados de ayuda disfrazadas sutilmente en palabras que no pueden traicionar a su campero.
Doña Felipa, _ ¿Cuántos hijos tiene? _ la mujer deja por un momento sus quehaceres sube y baja la cabeza dos veces y contesta: “Tengo uno” después respondiendo a nuestras preguntas nos dijo que tiene 22 años está casado y tiene dos hijos, su mujer y el trabajan en el campo…
Poco a poco doña Felipa se va involucrando, el campero vuelve a sus labores y se aleja del cuarto, al percatarse de ello la señora responde nuestras preguntas confiadamente _ ¿Y cómo les va? ¿Les alcanza el dinero para vivir bien? ¿Vale la pena hacer el viaje de la ruta migrante?_
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“pues nos va más o menos, nosotros según nos vinimos aquí porque es un albergue pero de todas maneras tenemos que pagar todo, la renta, el gas, la luz”.
“Tenemos que bañarnos, lavar y tomar agua del canal porque ni si quiera hay agua potable, la luz nos la cortan cuando quieren, y los niños que no trabajan van a la escuela pero no aprenden nada porque a todos los meten en un mismo salón nomas tienen un maestro”
“Mi hijo se me ha enfermado dos veces de cáncer, porque los productos que usan como los fertilizantes nos hacen daño, ni si quiera les dan guantes o cubre bocas, a mi hijo ya le dijeron que su cáncer le dio por los químicos del campo, pero el patrón ni si quiera nos da seguro, tenemos que pagar aparte, ahorita el niño chiquito de mi hijo tiene neumonía, y van al seguro y ni si quiera los atienden porque les dicen que tienen que tener seguro popular”.
Poco a poco, nos vamos sumergiendo en aquella mirada , en esa misma que nos dice que no miente, que dice solo lo que se alcanza a ver pero que esconde miles de historias aun más profundas.
Nuestro sentimentalismo de ciudad, ese mismo que todos tenemos; el sentimentalismo moral, el de pensar “pobrecito” “me da lástima” pero que finalmente desaparece con el simple hecho de tragar saliva.
Ese mismo sentimentalismo nos minimiza al grado de sentir culpabilidad por ignorar esos mundos que se encuentran a pocos kilómetros de distancia pero a millones de nuestros pensamientos o preocupaciones.
Doña Felipa suspira, sonríe nerviosamente, nos ve, y nos dice: “A nosotros nadie nos escucha, nos quejamos, sabemos que ponen personas encargadas para cuidar la salud y la educación, pero no nos hacen caso…”
Y por primera vez desde el inicio de la plática busca la mirada de quien le hace las preguntas como buscando penetrar, llegar a la llaga que sus mismas palabras produjeron y entonces dice: nosotros queremos que alguien nos ayude, mi hijo tiene cáncer, su esposa tiene que trabajar dos turnos, yo no puedo hacer nada porque tengo que cuidar a sus niños, mas encima uno de ellos tiene neumonía, aquí nadie nos escucha, nos cobran por todo, pero vienen, prometen cosas y nunca las cumplen.
Necesitamos ayuda, y si ustedes están investigando esto, platiquen de nuestros casos, no somos los únicos…
Todo se queda en silencio… se paraliza el tiempo por unos segundos... al recuperar la cordura le damos las gracias, con una punzada en el estomago y un nudo asfixiante en la garganta, tímidamente le proporcionamos algunos teléfonos de ciertos representantes de los derechos indígenas y con un saludo triste, impotente y seco nos despedimos.
Aquellas risas y bromas que nos acompañaron cuando nos dirigíamos a nuestro destino, se transformaron en profundos silencios que poco a poco como el atardecer apagaron nuestros ánimos y oscurecieron nuestra vista.
A lo lejos resplandecían las luces artificiales que nos recordaban las falsedades con las que se construye el suburbio…
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